Capítulo 1
El Sueño en el Cuaderno
Martina no sabía en qué momento exacto había comenzado a llenar páginas enteras con aviones. Quizá fue después de ver ese documental antiguo en la casa de la abuela Rosa, donde un piloto sonreía desde la cabina de un enorme Airbus. O tal vez mucho antes, cuando tenía seis años y su padre le enseñó una moneda con las alas de Ícaro grabadas. Lo cierto era que ahora, a los once años, su cuaderno de dibujos era casi un museo de vuelos imaginarios.
Estiró los lápices de colores sobre la cama: azul cielo, gris tormenta, amarillo amanecer. Las manos le temblaban un poco mientras trazaba las alas de otro avión comercial, esta vez con la nariz apuntando hacia las nubes, las hélices de paso variable girando invisiblemente en su mente. Abajo, en el cuaderno anterior, había docenas más: cazas de la Segunda Guerra Mundial con sus líneas aerodinámicas, aviones privados con fuselajes elegantes, helicópteros, hasta un dirigible que salía de entre nubes de algodón dibujadas.
«Martina, cariño, ¿vamos a caminar un poco?», llamó la abuela desde el pasillo. Su voz tenía ese tono cálido que siempre usaba cuando notaba que Martina llevaba demasiado tiempo sola.
Era cierto. Había estado dibujando desde después del almuerzo. Fuera, el atardecer ya teñía el cielo de naranja y morado. Martina cerró el cuaderno con cuidado y bajó las escaleras, siguiendo a la abuela Rosa, cuyo cabello blanco brillaba bajo la luz de la tarde.
Caminaron por las calles familiares del barrio, donde todo parecía conocido y pequeño. La abuela le señalaba flores, le contaba historias de sus años como enfermera, historias que revelaban una vida vivida con propósito y coraje. Martina escuchaba con esa sensación de estar dentro de un capullo seguro. Pero cuando doblaron en una calle que no habían explorado antes, todo cambió.
A través de los árboles, se vislumbraba una valla metálica baja. Y detrás de ella, una pista asfaltada gris. Martina frenó en seco.
«Abuela, ¿qué es eso?»
Rosa se detuvo junto a ella, y algo extraño pasó por su rostro—una mezcla de sorpresa y nostalgia que Martina no sabía interpretar del todo. «Es un aeródromo, cariño. Muy pequeño.»
No había razón para entrar. La valla no estaba cerrada con llave. Sin pensar demasiado (lo cual era poco habitual en ella), Martina pasó entre los postes de metal. La abuela la siguió, con una sonrisa misteriosa en los labios.
La pista estaba casi vacía, solo un pequeño edificio blanco y dos hangares en la distancia. Pero entonces vio el avión: pintado de blanco puro, propelas gemelas que brillaban en el atardecer, cabina de vidrio que reflejaba el sol como un ojo vigilante. Estaba en la pista, preparándose para el despegue.
Martina caminó hacia un banco de madera cercano, sin apartar la mirada. Abrió su cuaderno sin pensar, su lápiz ya en la mano por instinto.
Y entonces pasó.
El avión comenzó a moverse. Los motores rugieron con un sonido que Martina sintió vibrar en el pecho, en las costillas, en el mismo corazón. Las ruedas se desprendieron del asfalto gris, el morro apuntó al cielo naranja y morado, y todo lo que ella había dibujado durante años—toda esa imaginación silenciosa y persistente—se elevó ante sus ojos.
Se quedó sin aire. Las manos le temblaban. El cuaderno cayó a su regazo.
«¡Martina!»
Una voz masculina. Ella giró y vio a Luis Ramírez, el chico del colegio que vivía por aquí, con su inseparable mochila naranja de herramientas y esa sonrisa amplia que lo hacía parecer siempre a punto de arrastrar a alguien a una aventura. Su aparato auditivo discreto brillaba en su oído izquierdo.
«¿Qué haces aquí sola?», preguntó, aunque sus ojos chispeantes sugerían que sabía exactamente qué—o al menos, lo adivinaba.
Martina señaló el cielo, donde el pequeño avión ya era apenas una mota blanca contra el atardecer.
Luis se sentó en el banco, respirando pesadamente. «Escúchame. Acabo de enterarme de algo importante. En ese edificio de allá... hay una escuela. Una escuela de aviación. Enseñan a volar. A niños. A nosotros.»
El corazón de Martina aceleró. Miró a Luis, luego a su abuela Rosa, quien sonreía con esa sonrisa que guardaba secretos.
«¿Quieres intentarlo?», preguntó Luis.
Martina abrió la boca, pero las palabras no salieron. Quería. Quería con cada fibra de su cuerpo. Pero la duda también vivía dentro de ella: ¿tendría lo que se necesitaba? ¿Sería lo suficientemente valiente?
La abuela Rosa extendió la mano y tocó el hombro de Martina con suavidad.
«A veces», dijo Rosa, y su voz llevaba el peso de historias no contadas, «la valentía es simplemente decir que sí, incluso cuando tienes miedo.»
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